2 feb 2018

GRISelda.

Era un día gris, esos donde los colores lucen apagados y todo está en el mismo tono y no pasa nada que altere la vida de nadie, nada de nada y como cada día gris plata me pongo a escribir con un café en la mano y un lápiz en la otra,muchas hojas de papel sueltas, desparramadas por todo el piso, algunas con anotaciones al aire con ideas y cosas que alguna vez creí que iban a valer la pena. O algo así.
Ese día me dispuse a ver por la ventana, me gusta su vista, y me quedé congelado un rato largo mirando a la gente caminar. Las personas,  tanto como el día, lucían grises. Tenían ese aspecto regular, cara de nada diría yo. Caminan sin alterar su ritmo, así como nada a su alrededor. Caminan cargados de tristeza, reprimiendo broncas y frustraciones. Nadie camina alegre. Todos perdieron su color.
Entre esa masa gris apareció ella con su pelo castaño demasiado largo, con su bufanda roja, si, roja, era lo primero de color que veía en el día, sus pasos firmes, sus manos sufriendo este crudo invierno, sus labios color escarlata y yo ahí, mirándola con la boca abierta, dejando caer mi café al piso, manchando todas mis hojas, tirando el lápiz por algún rincón, siendo feliz con su color y volviéndome triste casi al instante mientras ella desaparecía entre edificios donde se escapaba de mi, una vez mas.

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