1 mar 2016

Reflejo

Estaba caminando, perdido, en una ciudad que aún no conocía. Caminaba por calles cubiertas de adoquines, con gente yendo de un lado para el otro, volviéndose loca. Seguí caminando, y a cada paso que daba me maravillaba con la arquitectura del lugar, también con sus voces, esas voces pequeñas que uno oye a lo lejos, ese ruido ambiente que te hace estremecer por completo. Seguí caminando en busca de algún lugar donde refugiarme de ese calor, hasta que lo encontré, apareció frente a mi como sin quererlo, bien disimulado entre el resto de las casas.
Entré por sus puertas grandes de madera y vidrio. Miré sus pisos monocromáticos, sus sillas y mesas de madera oscura y su extensa barra. Detrás de esta había un hombre grande, en realidad no era grande era enorme, tan enorme como los viejos vikingos, aunque sin barba. Estaba con otro mas, que estaba sentado frente a el hablando en  otro idioma, que no era el del lugar y mucho menos el mío. Me acerqué tímidamente hacia el final de la barra, a medida que avanzaba sentía los ojos del gigante posarse en mi y no alejarse hasta que no me quedé quieto de una buena vez que me senté y le pedi muy amablamente una cerveza a la camarera. Pedí cerveza porque estaba seguro que eso era lo único que me iba a gustar de ese lugar. Sonaba una música en ingles, imposible no reconocer el ingles, dándole un ambiente al lugar bastante acogedor. Pasaron quince minutos y lo veo entrar. Era alto, pelo oscuro, con barba, camisa blanca, pantalón oscuro, su mirada pasaba por todas las mesas, evidentemente estaba eligiendo la mejor opción donde sentarse. Ese juego que hacía su mirada me causaba cierta gracia, ya que haciendo juego con el piso monocromático todo esto se asimilaba a un tablero de ajedrez. Decide sentarse, se acomoda y pide lo mismo que yo, una resfrescante cerveza. Saca un libro, una lapicera y agarra una servilleta. Apoya su celular en la mesa, lo vuelve a guardar, lo vuelve a sacar, estaba nervioso. Entra una chica, el le clava la mirada. No era que estaba nervioso, sino ansioso. Ella lo divisa a la lejanía y se acerca. Vestía una pollera colorida, una remera roja, bordó, no recuerdo, ya iba por la tercer cerveza y mi memoria se pierde con facilidad, sus movimientos inquietaron a algunos personajes de la entrada, pero al ver su caminar decidido, no se atrevieron a molestarla siquiera. Se acerca a la mesa, lo saluda y se sienta. Podía observar en ambos una sonrisa, la misma sonrisa. Recordé que tenía mi libreta y la saqué junto con la lapicera de siempre, tenia que escribir esta escena. Conversaron toda la noche y puedo recordar con seguridad que no existía nadie mas en ese bar que ellos dos y las meseras que ocasionalmente les cambiaban las cervezas. Para ellos no existía nadie mas, a penas podía existir yo. Transcurrieron las horas y entre tanta charla lo vi quebrase por primera vez. El le habla y lloraba como un niño, hacía una fuerza sobrehumana para seguir hablándole, no era una noticia triste la que le estaba dando, sino solo un mal recuerdo. Siguió hablándole hasta que ella hizo justo lo que el necesitaba. Le agarró la mano.
Sostuvo su mano como se sostienen las bolsas del supermercado cuando son muchas, como cuando alguien sube ultimo al colectivo y se tiene que agarrar de la puerta para no caerse, le sostuvo la mano de manera firme y tierna para hacerle saber que no estaba solo, que podía desahogarse todo lo que quisiera y necesitara. Le agarró la mano y le hizo saber que no estaba solo y que jamás iba a apartarse de su lado.
Esa noche los vi exponer a la luz sus fantasmas mas oscuros, sus demonios mas poderosos. Compartieron su pasado mientras los vasos de cerveza iban aumentando, quizás esto era lo que les hacia el dialogo mas fácil, pero a medida que seguía pasando el tiempo, no era el alcohol lo que actuaba, sino que estaban hablando con un espejo. Se veían reflejados el uno en el otro, se miraban a los ojos, yo les miraba los ojos y podía ver su reflejo, podía ver ese destello que solamente se tiene con una sola persona en toda la vida. Así eran ellos.
 No recuerdo haber visto unas sonrisas tan enormes como las de ellos esa noche. Sus sonrisas fueron grabadas a fuego en mi cerebro ya algo chamuscado, pero jamás voy a olvidarlos, después de todo, de esto ya pasaron 10 años y todavía los sigo viendo en el mismo bar, con las mismas sonrisas y los mismos reflejos en sus ojos.

























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