Siempre creí que las historias de película nunca le pasaban a las personas, ni la común ni siquiera a las especiales, mucho menos a mí. Pero como suelo equivocarme, a mi si me pasó, me pasa bah.
Todo comenzó con un recital y una mirada. Lo importante que son las miradas en las personas y a veces le damos poca importancia. Pasaron año, buenos, no tan buenos, malo, muy malos, pero había algo que mas allá de donde se encontraba cada uno, ella en nueva york en el medio de central park o en lo alto de algún edificio y yo hundido en papeles y quilombo en microcentro, siempre había algo que nos hacia pensar en el otro. En realidad siempre lo hay. Tan fuerte es nuestro pensamiento que podemos saber como se siente el otro, podemos saber cuando le pasa algo, cuando no, cuando no está siendo sincero, cuando necesita un abrazo o una palabra dulce o solo una sonrisa. Esa conexión es de película y muchas veces me sorprendí a mi mismo. Tantas veces pensábamos en encontrarnos de casualidad en la calle que terminaba sucediendo, sinceramente fantástico.
Tuvimos tantas idas y vueltas que nos terminamos mareando y ahí fue donde empezamos a caer y muy rápido, ahí fue donde nos golpeamos duramente contra la realidad. Esa realidad que no le gustaba a ninguno de los dos pero la aceptábamos, quizás por conformismo, quizás por cobardía, quizás porque no quedaba otra o porque lo elegíamos así. Pero hubo un día, sinceramente fue glorioso, donde coincidimos, finalmente coincidimos y desde ese día decidimos dar el paso que necesitábamos, animarnos, saltar agarrados de la mano y caer, pero no caímos, sino que volamos.
Esa sensación de libertad que solo sentía cuando iba sobre mi tabla escuchando música o nadando sin parar hasta el cansancio la siento ahora todo el tiempo.
Toda mi vida me hicieron creer que uno cuando se enamora siente mariposas en el estomago, lo único que siento en el estomago es cuando tengo hambre, porque con ella yo siento tranquilidad, siento paz y eso es algo que jamás sentí.
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