17 jul 2017

Adiós y buena suerte

Después de un largo día de trabajo solo quería llegar a su casa y ponerse a viciar como de costumbre. Estuvo pensando todo el camino de vuelta en lo que iba a hacer en el jueguito, comprar una espada o un arco?. Que dilema. Quizás debería comprar ambas, no lo había decidido.
El comedor estaba oscuro, la única luz que había provenía del televisor. A su mama le gustaba estar a oscuras.  Entró, la saludó con un beso y se dispuso a subir las escaleras pensando en su juego. Pero no. "Tengo algo que contarte, no te vayas" le gritó y se detuvo en seco.
"Tu papa está internado, no se bien que le pasó..." empezó a decir, esas palabras cayeron sobre el como un mazazo  en la cabeza. Subió a un taxi, bajó corriendo para entrar al hospital, empujó muchas puertas hasta que encontró la suya. Era obvio que esa era su puerta, era su voz, eran sus gritos. La cruzó y lo vio tirado en una cama con 2 enfermeras encima tratando de sujetarle los brazos, esos colosos que lo rodeaban entero cuando era chico  y en los cuales siempre se sintió invencible.
Apenas entró arrojó su campera al piso y se tiró encima del otro para ayudar a la enfermeras. Entre tanto forcejeo sus miradas se cruzaron durante un segundo, esos que parecen eternos y se buscaron en lo oscuro y húmedos de sus ojos.
Todo se cortó con el grito del joven "Acá estoy Papá, reaccioná" y la última frase que escuchó de su padre fue llamar a su Mamá a gritos para lugar dormirse.
Salió de la habitación rápido, enojado con el mundo, la vida, dios y el mismo. Lloró hasta que el cansancio lo venció y se quedo dormido en una silla del hospital.
Volvió a su casa a bañarse, comer algo y tratar de procesar la noticia. En el fondo sabia que ya se habían despedido, aunque como en la mayoría de los casos, cuesta soltar.
Regresó al trabajo un jueves, no había novedades, su calma pendía de un hilo y cualquier recuerdo que se le cruzara por delante hacía humedecer sus ojos con facilidad.
Sonó el teléfono,  era su mamá, sabia que no eran buenas noticias. Tardó en atender por miedo, se paralizó por completo, solo alcanzó a apretar un botón y escuchar "anda al hospital, no pasa de este día". Y no lo hizo.
Llegó al hospital pasado el mediodía, el taxi se demoro mucho por los innumerables cortes en la ciudad, todo pasaba lento, como si nadie estuviera apurado en llegar a ningún lado excepto el. La escena del taxi se repetía,  bajar corriendo, empujar puertas, pero esta vez los gritos habían cesado y la habitación de días anteriores estaba vacía. Ese gigante de mas de dos metros, fuerte y ancho como un  roble había quedado reducido a un viejo, malherido y consumido ser lleno de tubos; y rodeado de maquinas que lo mantenían vivo.
Las horas pasaron y la cruda noticia fue dada por los doctores el mismo Jueves a las 19:02.
Lloró, lloró fuerte, gritó y bajó corriendo tantas escaleras que terminó en el subsuelo del hospital, un lugar abandonado, cuna de la humedad del mundo y cementerio de camillas, ropa sucia y muebles que no se usaban mas comidos por el oxido y el abandono.
Se fue solo del hospital, no quería ver a nadie.
Mientras llevaba su cajón, en un día gris adornado por una trompeta con su famoso toque de silencio de fondo, recordé que ambos nacimos un jueves y mi padre murió el mismo día.
Quizás ese día también morí un poquito.

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